Este tipo de comentarios quizá explique el porqué de tanta mediocridad arquitectónica en Madrid.
Se pone a caer de un burro un gran trabajo, que quizá no sea perfecto, pero que resuelve con algo más que dignidad su integración en semejante entorno, sin recurrir al mimetismo historicista. Y con un interior que, a la vista de las fotos que van llegando al foro, parece, simplemente, espectacular. El exterior, con la “bendita pátina” que decía Xerardo Estévez, irá mimetizándose, esta vez sí, con Palacio.
Muy probablemente los que critican sin matiz alguno, no tendrán una mala palabra con lo que está construyéndose a menos de un kilómetro de allí, aguas abajo del Manzanares en los solares de lo que fueron la Mahou y el Calderón.
Y es que todo apunta a que son muchos los que siguen valorando como valioso aquello no ya antiguo -que la Almudena no lo es- sino o que utiliza lenguajes clásicos y, a ser posible, el barroco, sin valorar lo bien hecho, con lenguajes modernos, en el mundo de la arquitectura residencial o el urbanismo.
Son lo mismos que, además, se oponen a cualquier cosa que pase de 15 pisos, formando extrañas alianzas con la ultraizquierda que ve pelotazos en cualquier cosa que exceda los 30 metros de altura.
Madrid es una ciudad difícil, por paisaje -esa manía de situar sus mejores edificios, léase Prado o Palacio, pero también Atocha o el Observatorio, incluso plaza de España- en lugares con topografía algo atormentada, que requieren mucho tino en cada intervención- sino también por su paisanaje.