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Vamos a enfocarlo de forma distinta. Imagina que quieres hacer una biblioteca personal. Bien, una biblioteca es prácticamente un mueble, más bien, una colección de muebles, ¿quién sabe de muebles? un interiorista. Entonces llamas a un interiorista, quiero una bibliteca tal, cual, con tantos libros, un sillón así, con lámpara.
Ahora, llega la obra. Existen estructuras, forjados, instalaciones y envolvente. Pues ahora llamas a un arquitecto técnico o un arquitecto para que te haga el contenedor de la biblioteca, y que se adapte al programa que estableció originalmente el interiorista.
Es absurdo, porque hay una superestructura que condiciona el planteamiento del interiorista (la estructura, las normativas, el solar, donde pasan las instalaciones, etc).
Pues esto igual.
Es necesaria una figura que coordine, trazando un proyecto general el trabajo que harán los ingenieros, los paisajistas o los urbanistas.
Normalmente este “director de orquestra” suele ser un arquitecto (bueno, por ley, tiene que serlo) pues más o menos domina los distintos campos (normalmente no con la profundidad que pueden tener las distintas ramas profesionales) en estos proyectos complejos.
Se hizo en Madrid Rio, y chapó.
La forma actual es bastane anómala y ya desde el principio comenzó a mostrar sus problemas.


