Dice la tradición que hace mucho tiempo, un alarife musulmán, de nombre desconocido, recibió el encargo por parte de la vieja iglesia de San Pedro de construir una torre, la más alta y noble de la Villa.
Aquel alarife, utilizando las técnicas de sus antepasados, construyó la torre ante la incredulidad del pueblo. Llegado el momento de subir la campana que debía coronarla, se dio cuenta que aquella era muy grande y que había errado en sus cálculos. La campana no cabía para subirla por la escalera.
El alarife, apesadumbrado, fue se fue a casa pensando que había defraudado al párroco que había confiado en él y que, tanto su trabajo, como quizá su vida, corrían peligro. ¡Qué deshonra más grande para el último heredero de una familia de tradición constructora!
Ante tal tormento solo le quedó un remedio, rezar al Dios de los cristianos para que le ayudara a encontrar alguna solución.
A la mañana siguiente volvió a la obra aterrorizado del desenlace que ocurriría cuando el pueblo viera que la campana no podía ser izada… pero al llegar a la torre descubrió que, la campana, milagrosamente, estaba arriba. Y él, emocionado, dio gracias al Dios de los cristianos y se convirtió, tomando el nombre de Pedro.
Allí quedó para asombro del pueblo la gran campana erguida en la torre, la cual del peso, poco a poco se fue inclinando pero por gracia divina, nunca se cayó.
Dicen que el militar francés enviado por las tropas de Napoleón con el fin de fundir las campanas de las iglesias madrileñas para obtener munición, se quedó atónito al ver que no podía bajar la campana, pues no había manera de hacerlo al no caber por ningún sitio de lo grande que era, y ante el hecho que consideró milagroso, y que corrobora la vieja leyenda, dejó la campana allí. Y allí sigue.