Una cosa es entrar, darte cuenta de que están celebrando una misa y si queda poco para que finalice, esperar en un rincón a que termine. Eso lo he hecho en bastantes ocasiones. Aunque no soy creyente, me encanta el arte sacro.
Otra cosa es entrar en medio de la misa y empezar a desplazarte por las naves para observar los distintos retablos y demás detalles. Eso es una falta de respeto. Por eso decía que las iglesias tendrían que habilitar un horario para este tipo de visitas, más cuando su rehabilitación se ha sufragado con fondos públicos.
Supongo que conoces la iglesia de Santa Bárbara ¿que te parecería si en las distintas capillas instalasen confesionarios?, ¿en San Antonio de los Alemanes delante de los cuadros de Luca Giordano?, ¿San Francisco el Grande?, ¿en las Calatravas? desvirtuaría su correcta lectura. Eso es lo que ocurre en San Miguel, auque no quede mucho de su decoración original. Decoración que no sé cuando se perdió, si en la Guerra Civil o si fue el Opus, el caso es que ahora a los que entendemos algo de arte sacro, nos parece una pena su estado actual. Y no solo porque haya que hacer rehabilitaciones de su estructura, también habría que eliminar los elementos que la desvirtúan, como los confesionarios o esas vidrieras… poco coherentes con un templo de esa categoría.
Me he ahorrado los calificativos que se merecen. Es tan evidente lo errado de la intervención para el que no esté ciego y tenga nociones básicas de historia del arte, que para qué cebarse también en San Miguel. Para eso está ya nuestra querida catedral.